“Sucumbe el valor ante el sabor a metal del álgebra” o “sólo la gravedad está a la altura de los grandes poetas”. Le daba por hablar así cuando estaba borracho y contento, después de una jornada de trabajo. A veces me lo encontraba al venir yo de la escuela. Él estaba sentado en el porche, con su botella a un lado y el tabaco al otro como dos animales atentos que lo protegieran de algún peligro que se intuía en el horizonte si una nube lo dejaba todo a oscuras, o un viento repentino venía a desafiar su chaquetón de lana. Él decía que el licor le enjuagaba el habla, que todas las ideas que pudiera tener un hombre cabían en una botella vacía. Yo no entendía nada de aquello, pero pensaba que el de mi padre era un oficio que condensaba todas las lecciones que aprendíamos en la escuela, porque poetas y fracciones llenaban algunas páginas de los libros que yo estudiaba entonces y, a pesar de todo, era como si mi padre inventara idiomas con aquellas palabras. Si le preguntaba, para intentar saber mejor de qué estaba hablando, podía contestar cosas como “sólo los dioses y los hombres que hacen lo que hago yo hemos visto alguna vez las puertas del infierno” o “a la hora de la verdad, me quedo con la dignidad de las vacas”. Si hablaba de vacas a mí me daba la risa.
Algunos años después, tendría yo trece o catorce y ya podía entender mejor la relación entre los nombres y las cosas y sabía algo más acerca de su trabajo -y ya pensaba en llegar a ser tan bueno en el oficio como él-, me puso en un vaso un poco de su aguardiente y me dijo “bébetelo; y si cuando seas mayor sigues queriendo dedicarte a lo que hago recuerda que mi trabajo está hecho de matemáticas, hijo, de Euclides y de su querencia de ángulos rectos. Está hecho de amor, de los frutos de la tierra, de la sabiduría de las manos que corrigen la madera. Pero por encima de todo eso, por encima incluso del afán de justicia, o de recrear la ilusión del tiempo, del deseo de ver al hombre volar. De todo eso está hecha la horca”.
Recuerdo a menudo a mi padre en el porche, con el licor y el tabaco, como yo ahora. Sé que no se puede mantener una buena conversación con nadie sin esos dos acompañantes. Sé también que mi padre no sólo hablaba conmigo en aquellas tardes de vuelta de la escuela, pero yo aún no he encontrado el modo de afinar en conversación los gritos de auxilio de los que escapan del fuego, que chillan chillan chillan, no quieren hablar, ignoran la pausa y ni tan siquiera me agradecen el alivio de un trago largo como el hastío, mientras miro por la ventana e imagino que soy yo quien provoca el humo que sale de todas las alcantarillas del mundo.

¡Ay Ksandr!, recuerdo que la primera vez que lo leí me gustó y ni siquiera había entendido de que oficio hablaban…