En defensa de la poesía vogónica, de Antonio Marco Greco

Más que examinar la lastimera poesía de los vogones, intentaremos explicar breve­mente qué son los vogones y por qué nos in­teresan tanto.

Naturalmente, la información sobre ellos no la extrajimos de enciclopedias de vocación universalista como la Británica o Wikipedia, sino de un instrumento magní­fico para la lucha contra las fuerzas del mal como es la Enciclopedia del punto de vista minoritario; una burbuja de conocimiento etéreo que pasea desde el inicio de la eterni­dad por todo el disco de la galaxia, llenando de sabiduría el vacío que separa las pocas cosas que existen en el universo, incluso las verrugas no dolorosas del planeta Pesplanus.

Cuando uno conoce la sociogénesis de los vogones, se alcanza la certeza de que el proceso de civilización ni es siempre lineal, ni únicamente civilizatorio. Ellos, en la pali­dez de sus rostros atesoran la dignidad que sólo ciertos cadáveres, cuando se entregan, mudos, a los gusanos y a la eternidad, sa­ben tener. Apostados sobre sus cabalgaduras interestelares, nos parecen mitológicos e inalcanzables, verdaderos dominadores del espacio, habitantes de los planos altos de la consciencia; pero si se los observa de cer­ca, se puede apreciar como una electricidad vaga, un lento retroceder de la materia ha­cia formas precedentes de organización que concluye normalmente con un lamento pre­histórico, un sentimiento igual al que sientes cuando en la noche profunda te despiertas porque el cigarro consumido entre los dedos te quema la carne.

Los versos vogonianos -de clara as­cendencia terrestre, a la vista de su par­afernalia conceptual- no abren el corazón a ningún tipo de esperanza pero nos sugieren una metódica reflexión: en el Inconsciente Cósmico está presente un recurso biopsíqui­co que nos sugiere descuidarnos alegremente para no sucumbir. Su indispensable función terapéutica, por otra parte, es subrayada por el hecho de que se parece a un médico de pueblo que no nos es difícil imaginar tenaz. Piadoso héroe de la cotidianidad rural que provoca el revuelo cuando anuncia a la gente alguna buena noticia. Todo, obviamente, con una sonrisa entre los labios porque sabe que su oficio consiste en salvar al alma.

Los Perpetus (drones cibernéticos que se alimentan de naftalina para ser inmortales y que producen para casi todas las ediciones galácticas instrumentos teóricos y prácticos, manuales y estudios, juicios y explicaciones dedicados a la valoración de la literatura), a costa de parecer poco actuales, mantienen a salvo para el mañana los valores transitoria­mente rechazados por la poesía vogónica.

Ellos dirán que se trata de una poesía incapaz de epifanizarse; es decir, de revelar la vida que se esconde detrás de obsesivas y proteicas contorsiones de la lengua. Me pregunto: ¿estos drones le echaran, una vez más, con desenvoltura eugenésica, la culpa a una deficiencia en la fibra moral o la gán­dula vogonica del deber social malformada?

Los vogones no son malvados, simple­mente se cabrean cuando alguien les hace ver los errores de su gramática o si se les dice que el marrón sotanademonje esta pasado de moda.

También quien viese en la poesía vo­gonica la sombra de la separación y de la indiferencia sepa que no ha entendido un carajo. Para esa persona es imposible ver quién lo curará de su invencible y cínico moralismo.

¡Ánimo! No sea flojo y lea algo, aunque sea esto. Verá como en un momento enjugará sus lágrimas y alejará de su vida los gritos existencialistas y el pesimismo romántico.

O, frotulada balbugruñiciente,/vuestras micturaciones son para mí/Como farfubor­roneces chorropoteadas en una lúrgida abeja.

Grupa, os imploro, mis funtingudas turlíngdromes. Y aristiosamente pasóname con arrugosas atagurdelas,

O os desgarraré hasta las verrupientes con mi borruconchanante, ¡y vas a ver si no!

Es inútil darle una cara y un nombre al autor, incluso así restaría rigurosamente anónimo.

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