El magnetófono del albañil, de Raúl del Valle

La mujer es una loca, de acuerdo, pero yo dependo de su locura. Su marido había sido el inventor del gas mostaza y se había hecho multimillonario con un invento que, generosamente utilizado en las dos guerras mundiales, había causado la muerte de centenares de miles de personas, tanto militares como civiles. La señora, que al parecer siempre había tenido tendencias esotéricas, asustada ante las extrañas circunstancias que rodearan el fallecimiento de su marido, había consultado con su vidente personal y ésta, tras consultar a su vez con el más allá, le había confirmado que se encontraba en peligro, que las almas de todos aquellos que habían muerto bajo el invento de su marido clamaban venganza, que la única manera de evitar que la encontrasen era que la señora no durmiese nunca dos veces bajo el mismo techo.

Yo en su lugar –su marido había amasado una de las fortunas más grandes de Europa y había muerto sin herederos- me hubiera dedicado a recorrer el mundo emulando a Phileas Fogg, durmiendo cada noche en un hotel distinto. Pero la señora, vete a saber por qué, decidió establecerse aquí en el desierto de Almería, en medio de la nada, e iniciar esta obra interminable en la que se construyen 365 nuevas habitaciones al año –una más los años bisiestos-. Un chollo para cualquier albañil al que no le asusten las historias de espíritus. Y por lo visto no son pocos los supersticiosos: de las sesenta personas que formamos las diferentes cuadrillas, sólo tres son de la zona. La gente de por aquí no quiere ni acercarse a lo que llaman la mansión embrujada.

Yo soy de un pequeño pueblo de Teruel que, por lo que cuentan los mayores, desde la guerra no ha vuelto a levantar cabeza. Así que, cuando llegó la carta de mi hermana diciendo que en la obra en la que trabajaba su marido hacían falta peones de albañilería, cogí los bártulos y me vine al sur sin pensármelo dos veces. Allí en el pueblo ayudaba a mi tío cada vez que tenía que hacer algún remiendo pero, en sentido estricto, yo nunca había trabajado.

Me pasé un año de peón, abasteciendo de materiales a dos o tres albañiles. Después me subieron de categoría y desde entonces me dedico a levantar tabiques. Han pasado ya tres años y cada día disfruto más de mi trabajo: el gusto por el ladrillo bien colocado, la tranquilidad que se alcanza cuando confías en tu peón y sabes que el cemento va a tener el punto de viscosidad justo para trabajar en condiciones, la satisfacción de partir el ladrillo a la altura deseada para rematar una esquina de un solo golpe de paleta…

Mis compañeros en la obra, cuando digo cosas como viscosidad, me llaman el Palabrín, pero no lo hacen de mala fe. Me ven como algo exótico e inofensivo, no están acostumbrados a tratar con gente a la que le guste leer. A mí la afición me viene de niño, de una vez que nos colamos en una casa abandonada en las afueras del pueblo y descubrimos una inmensa biblioteca con todos los libros llenos de polvo. Me gustan, sobre todo, las novelas de aventuras: Julio Verne, Emilio Salgari, Alejandro Dumas…

Podría haberme alojado en la misma obra, la señora había hecho construir un edificio expresamente para alojar de forma gratuita a sus trabajadores, pero cuando vine era muy joven y a toda mi familia le pareció más adecuado que me fuera a vivir con mi hermana y mi cuñado a que me integrara en la vida pseudocuartelera de la casa de los obreros. Últimamente, sin embargo, estoy pensando en mudarme. No porque me lleve mal con mi hermana ni nada parecido. Ella y su marido son buena gente y yo les estoy muy agradecido por tenerme en su casa y darme de comer.

Los que me sacan de quicio son mis sobrinos. Dos pequeños diablos que no dejan de pelearse nunca ante la abrumada resignación de sus padres, que ya ni se molestan en regañarles; dos engendros de diez y once años con las voces más desagradablemente agudas que yo haya escuchado. Nunca he tenido ningún problema para dar rienda suelta a mi apetito lector en ambientes ruidosos, me concentro en lo que estoy leyendo y me abstraigo del bullicio sin mayor esfuerzo. Sin embargo, en cuanto uno de mis sobrinos alza la voz es como si me hubiesen volcado un bote de tinta en la página, como si un viento huracanado se hubiese llevado todas las palabras.

La obra se inició en 1947 y lleva ya diez años en marcha. El trabajo está organizado con disciplina militar, todas las cuadrillas avanzan de forma sincronizada de tal modo que, cuando los encofradores acaban su faena, ya estamos los albañiles listos para empezar la nuestra, y lo mismo para los alicatadotes, carpinteros y pintores que se encargan de los acabados. La señora paga muy bien y nos da fiesta todos los domingos, por lo que la gente está contenta y el ambiente de trabajo es agradable. Los otros dos albañiles de mi cuadrilla, que están en la obra desde el principio, dicen que nunca se habían escuchado este tipo de rumores.

El rumor dice que la señora ha recibido la visita de un primo suyo que está intentando convencerla de que todo esto es una locura, que no tiene ningún sentido que dilapide su fortuna en una obra a todas luces innecesaria e irracional. Claro, por lo que dicen las chicas del servicio, la señora sigue haciéndole mucho más caso a la médium que vive con ella que a sus familiares lejanos a quienes apenas ve. Pero este primo lleva ya un mes y medio tratando de convencerla y parece ser que a la señora están empezando a entrarle las dudas. Después de todo, le dice el primo –siempre según las chicas-, ¿no crees que, si te persiguiese un ejército de almas en pena, habrías escuchado algún ruido o se habría producido algún tipo de incidente extraño en la casa? Porque lo cierto es que, a pesar de los temores de la gente del lugar, en todos estos años de construcción no ha ocurrido nada que pareciera indicar que el edificio es un objeto de predilección para los airados espíritus de las víctimas del gas mostaza.

La solución –porque si convence a la señora de que pare la obra vamos a tener todos un problema- la he encontrado gracias a quien menos esperaba: mis sobrinos. De un tiempo a esta parte, ante la imposibilidad de leer un rato en casa después de cenar y lo insoportables que se me hacen los chillidos de los dos monstruos, he adquirido la costumbre de salir a dar una vuelta y no regresar hasta una hora en la que esté seguro de que mis sobrinos están en la cama. Normalmente paseo un rato por los alrededores del pueblo y después voy a tomar una copa al colmao de Paco, que acostumbra a cerrar tarde y del que me he hecho un habitual.

Allí es donde contemplé por primera vez el aparato. Alguien dijo que había visto uno igual en una película, pero yo sólo veo películas del Oeste y en ésas no sale ninguno así que aquello me parecía casi arte de magia. El cacharro grababa las voces y luego, dándole a un botón, las reproducía al instante como si fuese un disco. Lo había traído Antonio -pa grabá las noches de cante, decía él- y aseguraba que se lo había comprado a un primo suyo de Sanlúcar a quien, a su vez, se lo había vendido un soldado americano de la base de Rota. Además, mira, la cinta se puede pasar más rápido o más despacio. Y empezaba a acelerar y aminorar la velocidad de reproducción para regocijo del resto de parroquianos, incapaces de reconocer en aquellas circunstancias sus propias voces.

Al principio simplemente despertó mi curiosidad: me hacía gracia el aspecto fantasmagórico que adquirían las voces cuando se ralentizaba lo suficiente la velocidad de la cinta y golosineaba mentalmente con la posibilidad de grabar mis novelas favoritas y ponérmelas por la noche para dormir arrullado por aquellas historias. Pero el aparato debía ser caro y en un primer momento ni se me pasó por la cabeza intentar conseguir uno. No fue hasta la tarde siguiente al llegar a casa y escuchar el primer chillido de mis sobrinos cuando comprendí la posibilidad que me abría aquel cacharro.

Estoy seguro de que cualquiera de los que trabaja conmigo, de haberse enterado de lo que quería hacer, me hubiera ayudado sin pensárselo, pero yo he preferido hacerlo solo y no contárselo a nadie. Entrar ha sido fácil, los perros me conocen y Manolo, el guarda, a la hora a la que he llegado hace ya rato que va borracho y no sale de su garita, eso lo sabemos todos. Llegar hasta la habitación y colocarlo tampoco me ha supuesto ninguna dificultad. Dentro de dos horas, más o menos cuando yo esté de vuelta en casa, empezarán los primeros sonidos. Espero que no encuentren el magnetófono y que la señora se despierte y oiga las voces de mis sobrinos que bien podrían pasar por las de dos niños centroeuropeos abrasándose bajo el gas mostaza.

 

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Raúl del Valle

About Raúl del Valle

Raúl del Valle Rodríguez nace en Canovelles en 1977. Charnego de pro y adicto a la lentitud, lleva catorce años estudiando filología hispánica en la Universitat Autónoma de Barcelona y presume de no tener más título oficial que el carnet de torero o conductor de carretillas elevadoras.