Ha
y patafísicos entrañables, como el tipo que hizo levitar a una rana con la ayuda de un campo magnético, y patafísicos nefastos como Thomas Midgley Jr. Pero no adelantemos acontecimientos, esta historia, al menos para mí, se inicia con una ingenua interrogación infantil.
Recuerdo el origen de la pregunta, la sensación de curiosidad insatisfecha que se apoderaba de mí cada vez que, siendo niño, entraba en una gasolinera y, desde el asiento de atrás del coche de mis padres, leía el cartelito de “gasolina sin plomo”. La pregunta obvia era: ¿por qué “sin plomo”? Mi mente infantil ya estaba lo suficientemente desarrollada como para entender que, además de no llevar plomo, seguro que la gasolina tampoco debía llevar oro, ni plata, ni uranio, ni un montón de otros elementos que, sin embargo, no habían alcanzado el estatus nominal del plomo. ¿Qué tenía éste que no tuviesen el resto de sus compañeros en la tabla periódica para que su carencia haya llegado a convertirse, durante un largo período de tiempo, en algo así como el primer apellido de la gasolina?
Con los años y casi por azar descubrí la respuesta en un libro de divulgación científica titulado Una breve historia de casi todo. Porque resulta que, efectivamente, el plomo tuvo algo, un golpe de genialidad, que lo diferenció del resto; el plomo, en un momento determinado de su existencia, tuvo a Thomas Midgley jr., ingeniero estadounidense que, cual si de un
hombre del renacimiento se tratase, decidió ampliar su campo de estudio y dirigir su eminente talento hacia las aplicaciones industriales de la química.
Corría el año 1921 cuando, trabajando para la General Motors, descubrió que las propiedades antidetonantes del plomo tetraetílico añadido a la gasolina disminuían ostensiblemente las vibraciones internas que sufrían los motores de explosión, alargando la vida media de los todavía precarios motores que la incipiente industria automovilística montaba en sus vehículos.
A nadie parecieron importarle las propiedades neurotóxicas del plomo, sobradamente conocidas en la época, ni las diversas patologías –alguna de ellas mortales- que empezaron a padecer de inmediato los trabajadores de las plantas donde se producía el nuevo compuesto y empezaron a comercializar el combustible plomado como si hubiesen hallado la panacea universal. Así, hasta su prohibición en los años ochenta, el parque automovilístico planetario estuvo inoculando plomo a la atmósfera a cada nuevo golpe de acelerador.
La desfachatez de nuestro eminente inventor llegó hasta el punto, ante la presión de la prensa por los casos de operarios intoxicados, de convocar a los periodistas, al más puro estilo del Fraga de Palomares, acercarse a la nariz un vaso de precipitados lleno de plomo tetraetílico y mantenerlo allí durante más de un minuto mientras juraba y perjuraba que aquel compuesto era inofensivo;
a pesar de que, poco antes, había sufrido una intoxicación por exposición directa al producto y de que procuraba por todos los medios mantenerse lo más alejado de él que podía siempre y cuando no estuviese la prensa en las proximidades.
Después de diez años de comercialización exitosa del producto, imbuido de una suerte de espíritu mesiánico, Thomas Midgley enfoca su deslumbrante talento a la resolución de otro de los problemas tecnológicos de la época, como era el hecho de que los electrodomésticos funcionasen con gases altamente tóxicos para el ser humano, lo que había provocado numerosas muertes a raíz de fugas y otras averías. “Midgley se propuso crear un gas que fuera estable, no inflamable, no corrosivo y que se pudiese respirar”, y así, “con un instinto para lo deplorable casi asombroso”, descubrió toda una familia de gases de ostentoso nombre y, otra vez, nefastas consecuencias medioambientales: los clorofluorocarbonos, también conocidos como CFC, el más voraz devorador conocido de la frágil y necesaria capa de ozono y uno de los mayores causantes del efecto invernadero.
Por suerte en ocasiones estas historias terminan bien. Thomas Midgley sufrió una poliomelitis que lo dejó paralizado en una cama y, en un último alarde de su incansable talento, diseñó un artilugio formado por cuerdas y poleas motorizadas que, cada cierto tiempo y de forma automática, le daba la vuelta en la cama para evitar que el cuerpo se le llagase sin tener que depender de una enfermera. En 1944, en el transcurso de una de aquellas maniobras automáticas, el cuerpo se le enredó entre las cuerdas y falleció estrangulado, en una suerte de patafísica venganza, por la más inofensiva de sus invenciones.
